Y ahí me desperté, sintiendo todavía que me daba vueltas el mundo y que mi cabeza era un planeta. Me pesaba todo, sobre todo la existencia. Nada de lo que tocaba tenía peso y mi cuerpo casi no era nada, mis manos de fruta y mi piel de papel me causaron gracia y me senté a reír. Ahí me quedé días, sentí. Recordé (o intenté recordar) algo de la noche, de cómo era, oscura y clara, y de por qué estaba ahí, sentada en el asfalto con dos amigos inconscientes y al borde de la melancolía anatómica.
Recordé ir por una senda roja y en subida mientras me susurraban al oído una historia sobre pirámides aún no descubiertas. Y yo gritando, no entendía mis propias oraciones. La música interrumpible no se interrumpía con nada, y Sol me dijo que me calmara. Le expliqué sobre el mundo ciego de las plantas, y después de reírse me pegó una cachetada. Tenía tres ojos y pecas de chocolate negro, le dije, y me acerqué para lamerla. Después ya no pasaba más nada.
Y ahí estábamos, ángeles tropicales, los tres bañados en colores en medio de una madrugada letal. Empezaba a tener sed y no veía agua por ningún lado, así que le grité a Pedro que se despertara, pero me ignoró. Me le acerqué para darlo vuelta y pedirle que me mirara, pero aunque lo hacía, no podía verme. Entonces empecé a caminar, sintiéndome en un eterno retorno a la noche, negra y furiosa, que no me dejaba ir. Pasé por casas rotas y por franquicias fracasadas, y dejé de reírme cuando vi que no tenía pies. Ahí corrí, sin quiera saber hacia dónde corrí, más, hasta ya no tener piernas ni lágrimas, hasta convertirme en una moneda partida que no podría rodar. Y cuando llegué al centro, al alba que se partía en mil pedazos, vi las catedrales gemelas y me detuve. Un respiro hondo y grité con todas mis fuerzas
¡Niebla, sal a buscarme!
Berro, Rosario (Comentarios); Demarco, María Florencia (Administradora); Prol, Aimé Araí (Editora); Ricci, Carla (Comentarios)
jueves, 19 de noviembre de 2015
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Analepsis y Prolepsis
Analepsis y Prolepsis
Era pleno invierno, y la ciudad estaba más
fría y tumultuosa que nunca. Había una gran cantidad de gente, y el ambiente
parecía un caos. El clima no ayudaba a mejorarlo, ya que estaba empezando a
llover; y parecía que en cualquier momento el agua caería fuerte e
impetuosamente.
Un hombre joven observaba esto a través de
la ventana de su habitación. Él era alto y delgado, y estaba bien vestido. La
gente lo tildaba de alegre y divertido pero en ese momento se encontraba serio
y reservado, tratando de evitar distraerse con el sonido de la lluvia, que
empezaba a volverse cada vez más fuerte y ya tapaba la ciudad con fiereza.
En un momento, divisó al hombre que
esperaba. Al principio se había sentido algo culpable, porque sabía que era
terrible tener que matar a su hermano. Sin embargo, para ese momento no sentía
nada, sólo ansiedad por que pasara rápido. Sabía que no sería difícil
encontrarlo porque él siempre caminaba por esta calle, además de que su aspecto
era igual al suyo.
Por unos segundos, se acordó de la infancia
que habían compartido, llena de juegos y travesuras. Nunca se olvidó de cuando, a la edad de diez
años, se habían alejado por un bosque y él casi murió ahogado en un río
cercano, y nunca dejó de agradecerle a su hermano por haberlo salvado.
Sin embargo, sabía que no tenía opción: su
hermano debería haber pagado lo que le debía a su jefe. Si no quería problemas,
no debería haberse comprometido con esta “organización”. En un instante, el
joven sintió a sus ánimos flaquear. “Vamos”, pensó. “Si no lo matás, nunca vas
a ser ascendido. Es más, seguramente ni llegues vivo mañana. Es su cadáver, o
es el tuyo. Además, no es la primera vez que matás a alguien por…razones
laborales”. Sin embargo, muchos años después se sentiría arrepentido acerca de
los acontecimientos, y terminaría solitario, con su mente detenida en esta
etapa de su vida.
Grande
fue su frustración cuando su hermano, en la calle, empezó a alejarse hasta
luego desaparecer de su vista.
Casi sin pensarlo, tomó su arma y la guardó
en el bolsillo de su saco. Cerró la puerta de su casa y salió a la calle. No
dejaba de chocarse con la gente, que le impedía avanzar tan rápido como le
habría gustado.
Sabía las calles por las que el hombre
pasaría, por lo cual no se puso mal luego de haberlo perdido de vista. Sin
embargo, se sintió reconfortado cuando lo encontró entre la multitud. Preparó
su arma y esperó a que el ambiente se disipara un poco de la gente que había.
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