Y ahí me desperté, sintiendo todavía que me daba vueltas el mundo y que mi cabeza era un planeta. Me pesaba todo, sobre todo la existencia. Nada de lo que tocaba tenía peso y mi cuerpo casi no era nada, mis manos de fruta y mi piel de papel me causaron gracia y me senté a reír. Ahí me quedé días, sentí. Recordé (o intenté recordar) algo de la noche, de cómo era, oscura y clara, y de por qué estaba ahí, sentada en el asfalto con dos amigos inconscientes y al borde de la melancolía anatómica.
Recordé ir por una senda roja y en subida mientras me susurraban al oído una historia sobre pirámides aún no descubiertas. Y yo gritando, no entendía mis propias oraciones. La música interrumpible no se interrumpía con nada, y Sol me dijo que me calmara. Le expliqué sobre el mundo ciego de las plantas, y después de reírse me pegó una cachetada. Tenía tres ojos y pecas de chocolate negro, le dije, y me acerqué para lamerla. Después ya no pasaba más nada.
Y ahí estábamos, ángeles tropicales, los tres bañados en colores en medio de una madrugada letal. Empezaba a tener sed y no veía agua por ningún lado, así que le grité a Pedro que se despertara, pero me ignoró. Me le acerqué para darlo vuelta y pedirle que me mirara, pero aunque lo hacía, no podía verme. Entonces empecé a caminar, sintiéndome en un eterno retorno a la noche, negra y furiosa, que no me dejaba ir. Pasé por casas rotas y por franquicias fracasadas, y dejé de reírme cuando vi que no tenía pies. Ahí corrí, sin quiera saber hacia dónde corrí, más, hasta ya no tener piernas ni lágrimas, hasta convertirme en una moneda partida que no podría rodar. Y cuando llegué al centro, al alba que se partía en mil pedazos, vi las catedrales gemelas y me detuve. Un respiro hondo y grité con todas mis fuerzas
¡Niebla, sal a buscarme!
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